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Vino de Jerez (I): de los punzantes finos y manzanillas a la sedosa ranciedad del amontillado
 Bodega
Real
Jerez
de la Frontera fue, ha sido y es una ciudad mágica. Fundada hacia el
año 1100 antes de Cristo, cuenta la tradición que los fenicios
trajeron a España las primeras vides procedentes de Canaán (ni
más ni menos el vino que según la Biblia embriagó a
Noé). Los romanos también valoraron en su justa medida las
excelencias del vino de Jerez (Xera), aunque fueron los árabes quienes
tras su conquista en el año 711 llamaron Sherish a la ciudad, de
ahí su homónimo inglés "sherry", construyeron mezquitas y
palacios y dedicaron toda la infraestructura vinícola existente a la
obtención del "espíritu de vino" o alcohol etílico, que
empleaban para sus perfumes, lociones y medicinas.
En el siglo XIII tras la conquista por Alfonso X el Sabio, Jerez pasó a
gozar del sufijo "de la Frontera", algo cuestionado hoy día pero que de
acuerdo con el artículo publicado por el maestro Antonio Burgos en El
Mundo de Andalucía el día 13 de enero de 1999, define lo que ha
sido y es la ciudad. "Siempre tierra de frontera. Frontera con los moros
que no se querían ir, como bien supo Fernando Villalón, porque
aquí se está divinamente. Frontera con Africa, frontera con el
descubrimiento y conquista de América, frontera por la
Ilustración que entró por los muelles de Málaga y de
Cádiz. Frontera de España con sus símbolos más
universales, que aquí somos tan generosos que prestamos a la Patria los
toros, los caballos, el vino y el cante como elementos identificadores de la
cultura. Elementos que, si bien los consideramos, resulta que son todos de
Jerez. Los caballos, de Jerez. El vino, de Jerez. El mejor cante, de Jerez,
cuando no es de Sevilla, de Utrera o de Los Puertos. Y los toros, de Jerez, de
las dehesas de la carretera de Medina. Querer quitarle todo esto a Jerez es
como privar de identidad a la ciudad. Tan absurdo que si le quitamos la
Frontera a Jerez, ¿por qué se la dejamos a Morón, a Vejer,
a Conil, a Arcos, a Cortes, a Palos? Pues no ha luchado nada Palos, para que
España le reconozca su verdadero apellido legítimo de la Frontera
y le quite el inclusero de Moguer....".
Y en
toda esta batalla, las bodegas como actualmente las conocemos. Primero, Pedro
Domecq fundada en 1730, y luego la influencia inglesa y las inversiones de este
origen: Garvey, Gordon, Sandeman. Entre tanto bodegas muy españolas como
González Byass. Luego el desarrollo de las bodegas de El Puerto y
Sanlúcar. Y precisamente ahora que la ciudad mejora cada año y
sobre todo en primavera huele más y más a retama, bodega y crin,
se estanca la venta de vino jerezano, uno de los más universales
productos que generamos en España. Y es que de forma vituperable, cada
día más se considera a esta joya enológica como un vino de
feria. ¡Hasta cometemos la herejía de mezclar la manzanilla con
gaseosa americana para confeccionar rebujitos!. ¡Qué disparate!,
aunque a algunos bodegueros de baja estofa se le pongan los ojos en blanco de
pensar en sustituir los cubatas con este mejunje. Las claves del vino de Jerez
son tres. Primero, la albariza, el "terroir" que dicen los franchutes, un
terreno sedimentario formado por el depósito durante el oligoceno
superior de enormes cantidades de caparazones de algas diatomeas y que tiene la
propiedad de comportarse como una esponja durante el periodo húmedo,
empapando gran cantidad de agua, y luego como una placa refractaria durante el
verano, impidiendo la desecación de las viñas.
 Frase célebre de A.
Flemming
Estas, en su inmensa mayoría de la variedad palomino
fino o listán, su menos conocido nombre, que se adapta perfectamente a
las intensas oscilaciones climáticas y por su franqueza aromática
aporta al vino una amplia gama de matices secos, salinos y almendrados.
En
segundo lugar, el microclima de la región. Tengan en cuenta que este
caldo se produce en una comarca formada por un triángulo con
vértices en Jerez de la Frontera, El Puerto de Santa María y
Sanlúcar de Barrameda, es decir, comprendido entre los ríos
Guadalete por el sudeste, Guadalquivir por el noroeste y el océano
Atlántico por el sudoeste. Este hecho proporciona a la región
importante influencia del viento de poniente, que aporta a las cepas la humedad
marítima necesaria para moderar los rigores del estío evitando
que la planta alcance temperaturas excesivamente altas.
El
tercer factor que hace al vino de jerez único en el mundo y una estrella
de máxima magnitud en el universo enológico, es su procedimiento
de crianza por soleras y criaderas que, por una parte, permite homogeneizar la
calidad del vino evitando las oscilaciones entre añadas (algo muy
importante en Jerez, pues cuando ha soplado mucho poniente como en este
año, la uva es excepcional, y por el contrario no lo es tanto cuando
domina el levante) y por otra, consigue mantener barricas de roble en
producción durante más de cien años (soleras) que
proporcionan majestuosas sensaciones olfativas y sápidas al vino que
contienen.
 Vinos generosos
jerezanos
De
forma resumida, pueden distinguirse dos tipos diferentes de crianza del vino de
Jerez, la biológica o mediante "flor" y la oxidativa. Ambas emplean el
sistema de criaderas y soleras que se lleva a cabo en barricas de roble
americano con capacidad para 600 litros. En el caso de la crianza
biológica, las barricas se llenan con vino recién fermentado
hasta sus 5/6 partes y no se cierran herméticamente para dejar un
espacio vacío que permite la aparición de la "flor" del vino, una
capa de levaduras blanquecinas en la superficie que lo aísla del aire,
lo alimenta y le proporciona su peculiar olor y sabor.
Las
botas se colocan unas sobre otras formando hileras en número de tres o
cuatro en altura, de forma que a lo largo del proceso de crianza cuando se saca
el vino más viejo de la más baja o solera en cantidad de 1/5
parte (100 litros), se sustituye con igual cuantía procedente de la
segunda hilera o primera criadera, para a su vez, reponer este con
idéntica proporción de vino de la tercera hilera o segunda
criadera y así sucesivamente. Esta es la clave para conseguir la
homogeneización de los vinos. Al grupo de caldos con crianza
biológica pertenecen dos de los más emblemáticos tipos de
vino de Jerez: el fino y la manzanilla. Ambos, por su calidad y precio son un
lujo. Basta preguntarle a los enólogos franceses a quienes parece
increíble que la botella valga menos de 6 euros. Todos ustedes conocen
que el fino, siempre con al menos tres años de crianza y ya por su menor
demanda con más de cuatro, es de color pajizo o débilmente
dorado, con aroma punzante y almendrado y en boca muy seco aunque conserva
notable acidez. Es ideal para tapear, sobre todo jamón y marisco,
así como para acompañar sopas, pescados y quesos
suaves.
 La venencia
Recientemente tuve la oportunidad de realizar una cata de todos los finos, y
los mejores fueron:
La
Ina de Domecq (9),
Tío
Pepe de González Byass (8,75),
Puerto
Fino Pavón de Luis Caballero (8,5),
Marismeño
de Sánchez Romate (8,5),
Inocente
de Valdespino (8,25), Fino Quinta de Osborne (8),
La
Janda de Bodegas Pilar Aranda (7,5),
San
Patricio de Garvey (7,5),
Don
Fino de Sandeman (7,5),
Napoleón
de Hidalgo y Cía (7) y 501
Marinero
de Terry (7). Las manzanillas son el emblema de Sanlúcar de Barrameda.
De color más pajizo que el fino, salvo que esté "pasada", un
matiz que en muchos casos le proporciona mayor complejidad en nariz; de aroma
punzante, seco, que vagamente recuerda a la manzana verde, como los mejores
txacolis vascos, de ahí su denominación en diminutivo. En boca,
ligera, salina y levemente amarga. Por su mayor suavidad sustituye
ventajosamente al fino cuando se trata de prolongar el aperitivo entre personas
de menor experiencia en la cata del vino de Jerez.
Las mejores:
San
León de Argüeso (9), aunque por estar ligeramente pasada es la
que más se aproxima al fino,
La
Aurora de Pedro Romero (8,75),
Solear
de Barbadillo (8,5),
La
Goya de Delgado Zuleta (8,5), la
Manzanilla
en Rama de nuevo de Barbadillo (8),
La
Gitana de Hidalgo (7,5), La Guita de Hijos de Rainiera Pérez
Martín (7,5), La Alegría de Williams & Humbert (7,5), y La
Jaca de Pilar Aranda (7,5). Un punto esencial para disfrutar de las mejores
cualidades de los finos y las manzanillas es el tiempo transcurrido desde la
saca, es decir el llenado de la botella, y su consumo. Lo mejor, que no supere
dos meses. Pero ocurre que los distribuidores compran el género por
decenas, cientos de cajas, y algunas se les pasan en el almacén. El
problema solo se presenta con los vinos de crianza biológica, pues al
desaparecer la flor de levadura que los proteje, tienden a oxidarse con
facilidad, produciéndose un incremento en el color dorado del vino, que
además en nariz adquiere notas poco gratas de ranciedad. No se corten un
pelo y devuelvan estas botellas, que son las responsables de la mala fama
adquirida por el vino de Jerez cuando se bebe fuera de Andalucía, pues
se dice que no sabe lo mismo. Pero, ¡ojo!, que cuando el vino se acaba de
extraer de bota es necesario que rápidamente tome oxígeno para
abrir su nariz y sabor. Esta es la explicación de la venencia que tan
bien se ilustra en la fotografía adjunta. En el caso de la crianza
oxidativa, el proceso de maduración es idéntico al descrito para
la crianza biológica, aunque en este caso no se produce la
aparición de "flor", normalmente porque el mosto recién
fermentado ha producido un vino de gran potencia alcohólica que impide
su formación. Por este motivo, los enólogos de cada bodega
desvían a maduración oxidativa por soleras y criaderas a muchos
finos y manzanillas que no "florecen" bien, para de este modo envejecerlos
lentamente y producir los típicos amontillados y olorosos. El
amontillado en mi opinión es el gran vino de Jerez. Primero sometido a
crianza en "flor", luego reposado en crianza oxidativa para que la madera
trasmita al vino su olor, color y sabor. Como al menos el proceso dura entre
cinco y ocho años, el color del amontillado es ambarino, con matices
entre el oro cobrizo y el rojo encendido. En nariz, punzante como el mejor
fino, con matices de avellana y ese justo tono de ranciedad que tiene lo viejo.
En boca, suave y aterciopelado, con delicados restos de acidez. Y como
aquí no deben doler prendas, yo sólo recomiendo cinco vinos: tres
grandes amontillados de precio casi prohibitivo, el
Viejísimo
51 1ª de Pedro Domecq, probablemente el mejor vino de Jerez de hoy en
día (9.5, sobre 50 euros en bodega), el
Amontillado
Viejo de Vinícola Hidalgo (8,5, sobre 40 euros) y el
amontillado
del Duque de González Byass (9, sobre 40 euros) y otros dos vinos ya
más accesibles, ambos de Sanchez Romate, el amontillado La
Sacristía (8,5, sobre 25 euros) y el su precio generosísimo y a
la vez excelente amontillado NPU (8, sobre 12 euros). Los olorosos, el Pedro
Jiménez y todos los vinos jerezanos con ellos relacionados son algo
diferente. Aquí manda la crianza oxidativa durante años y
años, hasta el punto de que los más grandes se denominan vinos de
sacristía porque su proceso madurativo supera los treinta años. A
ellos dedicaremos nuestro siguiente artículo.
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