Convergencia evolutiva intelectual: Inauditos respaldos a la síntesis sobre evolución y al entorno de sociabilidad

Emilio Muñoz

En mayo de 2015 he publicado en esta plataforma un artículo en el que ofrecía una síntesis sobre la teoría de la evolución, y en el que además se formulaba un concepto nuevo: el de “entorno de la sociabilidad” NACE (naturaleza, cultura y ética) para el que postulaba un papel fundamental en los procesos evolutivos. Con ello pretendía poner un posible cierre a un ciclo de investigación de los últimos años respecto a las relaciones entre biología y economía sobre el marco teórico de la evolución, y al que me vi impulsado por la crisis económica y socio-política global que se inicia en 2007-2008.

A lo largo de esos trabajos se acuñó el concepto de convergencia evolutiva intelectual (CEI), incluido en el campo de la metodología que encuadra la producción de los conocimientos científicos (“método científico”). No era plausible pensar que este esfuerzo analítico y propositivo, evolutivo e innovador al mismo tiempo, podría encontrar refrendo científico en cortos plazos de tiempo.

Sorprendentemente, este hecho se ha producido en un plazo de meses y desde instancias diferentes aunque eso sí, unidas por la  publicación que es muy frecuente fuente de datos e inspiración para mí, la revista Investigación y Ciencia, la versión española de  Scientific American.

La convergencia evolutiva intelectual

Este concepto hunde sus raíces en dos procesos  que, en nuestra opinión, se dan en la investigación científica: la serendipia y la producción de conocimientos en procesos circulares o en muelles que se conectan, y que, en un determinado nivel de tensión, saltan para dar lugar a avances incrementales o rompedores que ocurren en feliz sintonía.

Es por lo tanto un concepto que, como ya se ha anticipado, se relaciona con el método científico. Inicialmente fue propuesto para  dar cuenta de la producción de conocimientos nuevos o de síntesis en los ámbitos de las ciencias humanas y sociales (“nada nuevo bajo el sol”), pero progresivamente se ha podido aplicar a los avances en la nueva biología y sus aplicaciones, lo que llamamos biotecnologías (“todo se entrecruza y se relaciona”). Tenemos ejemplos de esta extensión en temas como las ómicas, la medicina basada en la evidencia, el retorno fulgurante a la biología de sistemas, la emergencia de la biología sintética o el nacimiento de la bioinformática y la biocomputación. Curiosamente he podido experimentar la evidencia y vigencia de este concepto, de forma que este artículo trata de ofrecer pruebas de ello.

Tal contexto permite avanzar más en la definición y caracterización de la convergencia evolutiva intelectual. Como se indicaba, la CEI debe mucho a la serendipia, pero requiere otras características adicionales y complementarias. Es necesario que la inspiración, la intuición, la suerte, concurran con el trabajo bien estructurado y con el esfuerzo constante de hacerse preguntas (Inspiración + transpiración). Es fundamental que exista una estrategia sólida de investigación apoyada en proyectos bien definidos y articulados.  Se hace preciso asimismo revisar, modular, los mecanismos y sistemas de difusión de los resultados. Para que la convergencia evolutiva intelectual se pueda identificar, detectar y aplicar, la difusión de los resultados debe ser menos lenta y más flexible que la que tiene lugar tradicionalmente con la publicación de los resultados científicos, lo que se ha llamado diseminación de los resultado de la investigación científica y técnica. En este sentido, el recurso a los medios online, a las plataformas digitales, donde se combine el rigor de una evaluación tradicional, acorde con la sociología de la ciencia, con la velocidad de la proyección hacia la sociedad  de la que carecen las revistas científicas tanto en ciencias humanas y sociales como experimentales, puede ayudar a cumplir tal objetivo. Tampoco hay que olvidar que la CEI demanda el uso combinado (de nuevo una invocación a la importancia de la hibridación) de la prospectiva y la retrospectiva. Todos estos presupuestos están presentes de modo más o menos explícito en los argumentos desgranados anteriormente.

En lo que sigue, trato de focalizar la discusión sobre la confirmación o refrendo del concepto de “entorno de la sociabilidad”, aunque antes de entrar en eso, me parece pertinente traer a colación un dato muy reciente de política científica y sociología de la ciencia que extiende el concepto de CEI al campo de las ciencias experimentales. Me refiero a la concesión de los premios Nobel de Fisiología o Medicina y de Química en octubre de 2015. El primero reconoce la estrategia de investigación que se seguía en las décadas de 1940-1960 buscando la explotación de los seres vivos para obtener productos naturales con propiedades ligadas a mejora de  la salud (bacterias, levaduras, hongos y plantas), es decir la biotecnología antigua: la diferencia estriba en que los productos naturales  reconocidos ahora con el premio  se orientan al “tratamiento de las enfermedades de los pobres” (El País, 6 de octubre, portada y pág. 26), mientras que el Nobel de Química ha premiado a tres investigadores que trabajaron sobre los enzimas y mecanismos que utilizan las células para reparar el ADN (con este reconocimiento se ha vuelto a la década de 1970 cuando la explosión de la ingeniería genética, ahora proyectado sobre la terapia del cáncer).

El entorno de la sociabilidad NACE (naturaleza, cultura y ética)

Gracias de nuevo a la revista Scientific American (en su versión española, Investigación y Ciencia) se ha podido probar la calidad del concepto “entorno de sociabilidad” que introduje en mayo de 2015. Es importante apuntar además el creciente uso de la evolución, como verbo, sustantivo o adjetivo en las campañas de publicidad, en estos tiempos es casi constante recurrir a ellos para reflejar bondades de instituciones, productos y procesos.

La revisión de ideas acerca de la mente neandertal

Kate Wong, redactora de Scientific American especializada en los temas y narrativas sobre la evolución, ha publicado un artículo sobre los nuevos datos científicos de corte interdisciplinar (anatómicos, genéticos y arqueológicos) que presentan nuevas visiones  respecto a nuestros “primos evolutivos”, los neandertales. En el número de mayo de 2015 de Investigación y Ciencia, el artículo titulado “La mente neandertal” rotula la portada y ocupa la posición central del número (págs. 18-23).El objetivo esencial de la autora es revisar las ideas peyorativas que han rodeado las perspectivas analíticas de los evolucionistas sobre los neandertales. Desde las primeras líneas del texto se reconoce que: “…los últimos años se han realizado numerosos  descubrimientos que alimentan el debate acerca de si las capacidades cognitivas de los neandertales fueron inferiores o equivalentes a las de Homo sapiens”.

Los datos significativos procedentes de la paleo antropología es que no han existido tantas diferencias o desemejanzas como se había creído. Si bien el tamaño y el desarrollo del cerebro son diferentes entre los neandertales y los humanos modernos, hay datos que indican que estos rasgos no tienen un origen hereditario procedente  del último ancestro común de ambas especies, sino fruto de un proceso evolutivo que “se produjo después y de forma paralela en ambas especies”. Las dimensiones del cerebro neandertal fueron similares a las del nuestro, pero su evolución independiente habría promovido diferencias más sutiles.

Por su parte, los datos genéticos muestran lógicas diferencias pero también notables semejanzas. Poseían una variante muy semejante al gen FOXP2 que se ha asociado con el habla y el lenguaje de los humanos actuales. Hay variantes de otros genes implicados en el lenguaje. De hecho, de los 87 genes de los humanos modernos que son netamente distintos de los homólogos en neandertales y denisovanos, algunos se hallan implicados en el desarrollo y función del cerebro.

Pero no todo puede explicarse por las diferencias en el código genético. Gana peso la influencia creciente de la regulación génica, incluyendo la epigenética. Un genetista, formado como bioantropólogo, John Blangero del Instituto de Investigación Biomédica de Texas ha puesto en marcha un ambicioso programa con la estrategia de la comparación de las capacidades cognitivas de los neandertales con la estructura y la función cerebral de familias actuales de San Antonio, que sufren patologías complejas como la diabetes. Sus resultados sugieren que se dan diferencias en regiones cerebrales clave.

Sin embargo, estos resultados distan mucho de concitar la unanimidad; la contestación a esta aproximación experimental de Blangero tiene sólidas bases científicas. Entre los contestatarios, John Hawks de la Universidad de Wisconsin-Madison señala que no se puede descartar que los neandertales pudieran presentar otras variantes genéticas que influyeran  en su función cerebral, pero no son objeto de comparación por estar ausentes en las personas actuales. Sobre todo, y lo más importante, es que tenemos un gran desconocimiento sobre el efecto de los diferentes genes en el pensamiento de nuestra propia especie.

De modo sorprendentemente favorable para nuestros intereses en relación a validar el concepto de entorno de sociabilidad (naturaleza +cultura+ ética), han sido los trabajos arqueológicos, sobre restos culturales los que proporcionaron abundante información respecto al pensamiento de los neandertales y son estos hallazgos los que precisamente reducen la brecha que se suponía existir entre ellos y nosotros.

Ante estas similitudes comportamentales/culturales entre nuestros primos evolutivos y los humanos modernos, cabe preguntarse ¿por qué desaparecieron los neandertales mientras que H. sapiens no solo sobrevivió, sino que se expandió por el mundo? Como posible razón se apuntan hipótesis de las ventajas que ofrecería la disponibilidad de herramientas para obtener y aprovechar recursos. Sería un paso de perfección para la supervivencia, lo que incluso en un proceso de convivencia y cruce entre las especies, favorecería a quienes hubieran alcanzado mayores tamaños y por lo tanto  habrían  tenido potencial para modificar los ambientes.

La especie más invasora

En una espléndida muestra de convergencia evolutiva intelectual- o quizás como un soberbio ejemplo de ajuste en una política editorial bien engrasada- el número de octubre de Investigación y Ciencia está dedicado a “La especie que conquistó el planeta”;  este es el título de la portada y busca explicar ¿Cuáles fueron las claves de nuestro éxito evolutivo?, como reza el subtitulado de dicha portada.

El artículo central que justifica estos titulares con el título “La especie más invasora” (págs. 14-21) tiene como autor a Curtis W. Marean. Es un destacado profesional con varios reconocimientos: profesor en la Facultad de Evolución humana y Cambio social de la Universidad de Oregón y director del Instituto de los Orígenes Humanos; también es profesor honorario de la Universidad  Metropolitana Nelson Mandela en Sudáfrica. Sus investigaciones se orientan a la búsqueda de los orígenes de los humanos modernos y la ocupación de los ecosistemas litorales para lo que cuenta con apoyos financieros de la National Science Foundation (NSF) y la Fundación de la Familia Hyde.

En un relato informado y con tonos épicos, no exento de algunas dudas y contradicciones científicas, Marean sostiene que la emigración de Homo sapiens por “todo el planeta ha tenido enormes consecuencias en la historia de la Tierra”. Sus trabajos de carácter paleo antropológico con excavaciones en los yacimientos Pinnnacle Point en la costa sur de Sudáfrica a lo largo de los últimos dieciséis años a lo que ha unido “ciertos avances teóricos en las ciencias biológicas y sociales”, le han llevado “a proponer otra idea sobre la forma en  que los humanos modernos conquistaron el mundo”.

El origen evolutivo de nuestra especie en África se sitúa hace 200.000 años. Durante decenas de miles de años, estos humanos anatómicamente iguales a nosotros, estuvieron confinados en su continente de origen. Cien mil años después, un grupo de ellos hizo una incursión en el Próximo  Oriente para su posterior expansión. Todavía les faltaba una ventaja; algo después, hace unos 70.000 años “una población fundadora abandonó África y comenzó una exitosa dispersión por Eurasia donde encontraron con otras especies humanas emparentadas, neandertales en Europa y denisovanos en Asia. Aunque hubo cruces entre estas especies, poco después de la llegada de los humanos modernos, se produjo la extinción de las especies arcaicas. La expansión de los humanos modernos llegó posteriormente a las costas del sudeste de Asia, donde no se detuvieron ante un mar “aparentemente infinito”. Llegaron a Australia hace unos 40.000 años, en ese periodo descubrieron y cruzaron un puente de tierra hacia Tasmania. Se detuvieron ante las impenetrables aguas de los océanos australes lo que les impidió llegar a la Antártida. Al norte del ecuador, otra población de H. sapiens penetró en Siberia y se extendió por todas las regiones que rodean al polo norte. Hay debate respecto a la fecha en que los humanos modernos llegaron al Nuevo Mundo, aunque existe acuerdo de que “al menos hace 14.000 años lograron superar barreras”  por lo que la dispersión por un continente donde los animales nunca se habían enfrentado a los cazadores humanos se produjo en unos pocos miles de años hasta llegar al “punto más austral de América del Sur”, y eso condujo a una masiva extinción de las especies características de la época del hielo.

Las islas del Pacífico fueron los enclaves geográficos que permanecieron al margen de la invasión humana durante más de 10.000 años, pero al final fueron colonizados. Estas islas no se libraron de las duras consecuencias de la ocupación sobre ecosistemas, especies y ambientes. Finalmente, la colonización humana de la Antártida llegó en la era industrial.

Teoría para explicar  la exitosa diáspora

La propuesta teórica de Marean es atractiva por dos razones: primero, pone de relieve las contradicciones que han jalonado y siguen presidiendo la presencia de los humanos modernos en el planeta tierra; segundo, porque trata de integrar lo que sabemos sobre la evolución.

Tal propuesta introduce por un lado la base genética como explicación: aparición de rasgos/caracteres que nos hacen ser “colaboradores únicos”, capaces de trabajar con dedicación e intensidad en equipos, y asimismo “competidores despiadados”. Por otro lado, Marean tiende a postular que tales rasgos deben facilitar o desarrollar un mecanismo que adaptara a nuevos entornos (o los transformara, añadiría yo), desplazando así a otras especies humanas.

Acude Marean a una teoría clásica de la biología que “sostiene que la selección natural favorece la defensa agresiva de las fuentes de alimentación (territorialidad) cuando el beneficio de acceder a estos recursos  supera el coste de vigilarlos”. Esta teoría enlaza con la propuesta que, desde la filosofía de la política científica y su proyección sobre la ética, venimos haciendo de la ética consecuencialista,  así como del concepto de interéticas que asimismo se ha promovido  como instrumento para su ajuste a los usos y las aplicaciones de la ciencia y la tecnología (http://www.minasyenergia.upm.es/es/uesevihttps://www.google.es/?gws_rd=ssl#q=emilio+mu%C3%B1oz+inter%C3%A9ticas).

El relato de Marean sigue produciendo aportes a nuestras tesis, aunque también existan diferencias entre nuestras propuestas. Incide en que la “hiperprosociabilidad”, como denomina el profesor de Oregón a la tendencia fuerte de los humanos modernos a colaborar, es un rasgo codificado genéticamente – algo que me suscita dudas- pero seguidamente el propio Marean reconoce que es difícil de resolver cómo se ha adquirido la predisposición genética para cooperar en grado tan extraordinario.

La segunda innovación estratégica que invoca Marean para explicar el éxito de la diáspora de H. sapiens no deja de ser terrible. Ofrece una nueva y contundente prueba de las contradicciones, de las paradojas, en las que vive la especie humana con y en la Tierra. La capacidad técnica que habría sido fundamental para tal conquista son las armas de guerra. La conquista guerrera supuso asimismo la profunda alteración de los ecosistemas.

En todo caso, lo más notable para nuestro propósito científico personal es como concluye el artículo: “Pero el hecho de que H. sapiens evolucionara para reaccionar de esta manera despiadada-está refiriéndose al encuentro de la especie con los neandertales y sus consecuencias finales- no significa que  no podamos evitarlo. La cultura puede anular incluso el más fuerte de los instintos”. Esta evocación a la cultura es una de las pruebas más robustas para evidenciar la existencia de un increíble proceso de convergencia evolutiva intelectual entre Marean y nosotros.

Conclusiones: vínculos  y desconexiones

Este encuentro sobre el tema de la evolución, gracias de nuevo a Scientific American, ha supuesto un rápido y sorprendente espaldarazo a los dos conceptos que han emergido de los esfuerzos hechos por quien escribe para interrelacionar la ciencia y la tecnología biológicas, sobre el andamio de teoría de la evolución y los hombros de Darwin, con la economía política y las éticas. Son: la convergencia evolutiva intelectual y el entorno de sociabilidad.

Califico el hecho de inaudito, la sorpresa es tan acusada, por las diferencias en contexto tanto personales como institucionales en que ha producido tal encuentro. No dispongo de una institución que esté dedicada a la investigación sobre estos temas: evolución, especies humanas, relación entre biología y economía desde la perspectiva de la ética. He dispuesto eso si de una situación  excepcional de poder seguir activo en investigación como “ad honorem“ en el CSIC y de poder proyectar esta investigaciones sobre pequeños grupos de otras instituciones: el Departamento CTS del instituto de Filosofía del CSIC; la Unidad de investigación en Cultura Científica del CIEMAT; la Catedra de Ética y Valores en la Ingeniería en la Escuela Técnica Superior de Minas y Energía de la UPM, primero y posteriormente de la Unidad de Emprendimiento Social , Ética y Valores  en Ingeniería (UESEVI) de dicha institución. También he dispuesto de dos plataformas en red para la diseminación de estos resultados que han sido de enorme utilidad. www.asebio.com ; www.institutoroche.es.

Pero en el fondo, ha sido un proceso y una aventura personal. Por ello, tengo que reconocer que ha sido una fortuna confluir con la estrategia editorial de Investigación y Ciencia, pero al mismo tiempo debo señalar que mantengo diferencias con los artículos allí publicados como suele ser frecuente en la investigación científica. En el caso concreto del estimulante e innovador texto del profesor Marean, me permito indicar que no creo en que sean códigos genéticos puros los responsables de la cooperación y para apoyo de mis tesis no descanso tanto como él hace en su artículo (pág. 18) sobre teorías económicas para interpretar o justificar la cuestión de los recursos alimenticios y la lucha por ellos.. Al usar la teoría de la evolución como marco, y no como sujeto y objeto de la investigación, tengo más libertad para apoyarme esencialmente en ella con el fin de desarrollar mis argumentos.