Selección natural, evolución humana y neuroética: convergencias evolutivas y críticas a la austeridad aplicada como principio político

Emilio Muñoz. Instituto de Filosofía, CCHS, CSIC

A pesar del reconocimiento general de que la aportación esencial de Darwin a la teoría de la evolución ha sido el concepto de la selección natural, que ha tenido indudable valor para entenderla, ese concepto no ha dejado de tener problemas; sobre todo porque condujo a la simplificación de asimilarlo con la frase popular de “supervivencia de los más aptos”, lo que ha traído negativas consecuencias en términos morales y éticos al aplicarse ideológicamente en el ámbito socio-político, dando origen al calificativo de “darwinismo salvaje”.

La moderna teoría de la evolución ha ido introduciendo sutilezas apoyadas en los avances derivados de experimentos en el laboratorio y en el campo junto a los desarrollos genómicos que permiten averiguar la trayectoria de genes. Esta senda positiva ha sido un factor determinante para la conducción de la biología al estatus de auténtica ciencia.

Como defensor de la evolución y de los procesos regulatorios para entender las bases y aplicaciones de los conocimientos biológicos contemporáneos, he hecho bastantes incursiones recurriendo a estos temas en diversos foros y de modo particular en este de “La biotecnología de la salud en el espejo”, proyectando además algunas reflexiones sobre los efectos sociales de acciones y estrategias de ciertas políticas que en mi opinión guardan relación con dichos fundamentos.

De nuevo acudo a esta aproximación para aventurar una reflexión crítica acerca de la aplicación de la austeridad como principio rector de la acción política. Lo hago a partir de la revisión de tres textos recientes, que se sitúan en el campo de la alta divulgación sobre el pensamiento científico, andamio sobre el que suelo asentar aquellos trabajos que exploran las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad, uno de los objetivos básicos de mi actividad en la gestión de la I+D y la investigación a lo largo de estos últimos treinta años.

La fuerza de la cooperación, ventajas evolutivas del altruismo
Tomo prestado este título de la portada del número de octubre de 2012 de la revista Investigación y Ciencia, cuyo artículo de base es del profesor de biología y matemáticas de la Universidad de Harvard, Martín Nowak, donde dirige el Programa de Dinámicas Evolutivas (páginas 18-23).

Una primera y relevante conclusión, muy apropiada para nuestro discurso, aparece en el recuadro que recoge las ideas fuerza del artículo y que trascribo: “Solemos pensar que la evolución implica una lucha sin cuartel por la supervivencia. En realidad la cooperación ha sido una de sus fuerzas motrices”. Para llegar a esta conclusión el profesor Nowak ha partido del interés inicial que le suscitó el problema de la cooperación, cuando en su época de doctorado tuvo conocimiento de la paradoja de la teoría de juegos conocida como “dilema del prisionero”, propuesta en 1950 y que ejemplifica las cuestiones o problemas sociales de suma distinta de cero.

La contribución decisiva de Nowak surge a partir de utilizar simulaciones numéricas y con ello aplicar el dilema a un gran número de individuos en lugar de los dos del ejemplo clásico. Esto prueba la decisiva contribución que la informática y el análisis computacional vienen aportando al desarrollo de la nueva biología como muestran diversos ejemplos que jalonan el espacio de esta sección (La biotecnología de la salud en el espejo; www.institutoroche.es). Los modelos partían de una distribución aleatoria de individuos egoístas y cooperadores, en los que las progenies se atienen a la estrategia de sus progenitores, aunque esta podía desviarse por el efecto de mutaciones aleatorias.

A lo largo de estos trabajos se han podido identificar cinco mecanismos de cooperación que emergen en todo tipo de organismos. El primero de ellos es el de la reciprocidad directa (evolución hacia la cooperación entre individuos que contactan de modo reiterativo). Dentro de este tipo se han detectado varias clases, como, por ejemplo, la evolución hacia el perdón, en la que los actores llegan hasta el altruismo con individuos que se habían comportado deslealmente.

El segundo es el de la selección espacial, que surge cuando los egoístas y los altruistas no se encuentran mezclados de modo uniforme, mecanismo que opera incluso en organismos simples como es el caso de las levaduras. Cuando estos microorganismos eucarióticos crecían entremezclados, predominaban los desleales, si lo hacían en grupos separados de cooperadores y explotadores, el primer grupo acababa por imponerse.

El tercer mecanismo, uno de los intuitivos, es el de la selección por parentesco; en él, uno de los miembros se sacrifica por los parientes. Este mecanismo, a pesar de su obviedad, es objeto de profundo debate respecto a cuál es la eficacia biológica de su selectividad.

El cuarto mecanismo es la selección por reciprocidad indirecta, en el que la decisión de ayudar está mediada por la reputación del otro; por ejemplo, entre los macacos japoneses, los monos de bajo estatus social que despiojan a los líderes pueden aumentar su prestigio, y con ello la posibilidad de ser despiojado, si son vistos en compañía de los líderes.

El último mecanismo es el que busca un bien común y es conocido como selección de grupo. Los modelos matemáticos desarrollados han mostrado que la selección natural puede operar en múltiples niveles, desde el genético (molecular) hasta el de la totalidad de la especie, pasando por las comunidades de individuos.

Nowak señala que la universalidad entre los organismos de la existencia de mecanismos de cooperación lleva a pensar que la cooperación ha sido un factor esencial en la evolución de la vida en la tierra; además este efector ha sido especialmente decisivo en la humanidad. El autor interpreta que eso se debe a que nuestra especie dispone de un lenguaje plenamente desarrollado, lo que permite intercambiar información. Cabe recordar a este respecto que en la economía se ha analizado y reconocido la importancia estratégica de la información para actuar como “homo economicus” y por lo tanto, de los condicionantes que se derivan del carácter simétrico o asimétrico de su posesión y disposición.

Todo esto me dirige hacia consideraciones éticas que no están en el trabajo de Nowak pero que resuenan con fuerza para quien esto escribe y con el propósito con que lo hace. Sobre todo porque el propio Nowak expone en la parte final de su trabajo que “las simulaciones de procesos evolutivos demuestran que la cooperación es intrínsecamente inestable: cualquier periodo de prosperidad colaborativa desembocará sin remedio en uno de desapego por el grupo”; asimismo apunta Nowak que los periodos de cooperación y defección se reconocen en los altibajos de la historia humana. Aunque no se atreve a pronunciarse sobre en qué punto se encuentra la humanidad en este momento, sí pide fomentar la cooperación para lograr que “siete mil millones de personas conserven los cada vez más escasos recursos del planeta Tierra”.

Por el conjunto de lo presentado, creo que hay argumentos de peso para la reflexión que sobre la austeridad hago en el apartado final de conclusiones.

Evolución del hombre: conversación con Francisco J. Ayala
Las Fundaciones Lilly y Rafael del Pino, en colaboración con Unión Editorial, han publicado un interesante libro: “Tres preguntas clave sobre la evolución del hombre” (Madrid, ISBN 978-84-7209-591-5; 2012) en el que recogen las tres preguntas a las que el biólogo y filósofo madrileño afincado en los Estados Unidos, Francisco J. Ayala, responde en una conversación pública sostenida en Madrid en noviembre de 2011, respuestas sometidas a debate ante tres paneles de expertos, debates que también se recogen en el libro. Este se completa con una semblanza del conferenciante a cargo de Andrés Moya, catedrático de Genética de la Universidad de Valencia y una Introducción de J.A. Gutiérrez Fuentes, Amadeo Petitbó y J. L. Puerta, representantes de las entidades organizadoras y editoras.

A la primera pregunta sobre el tema: ¿Soy un mono? La evolución biológica del pensamiento abstracto, el Prof. Ayala responde exponiendo, en primer lugar, las diferencias anatómicas, en los aspectos físicos y fisiológicos, entre los humanos y los demás primates que se resumen en el bipedismo, en los cambios en el brazo y la mano, en el aumento del cerebro con la concomitante reducción de la mandíbula y su repercusión en el parto, así como en la mención a la ovulación críptica y su posible repercusión en la familia nuclear. Pero a estas diferencias, el pensador hispano-norteamericano añade las diferencias en el comportamiento: el nivel de inteligencia y capacidades anejas; el lenguaje simbólico -encontramos aquí una convergencia intelectual con los argumentos explicativos de Nowak-; la autoconciencia; el desarrollo y uso de utensilios y tecnología; la ética y la religión; la creación artística, literaria y científica; la organización y cooperación social -de nuevo se observa la convergencia con las ideas y propuestas de Nowak-; las instituciones políticas y el código de leyes; o la expresión sutil de emociones.

A la pregunta de si “el comportamiento moral es el resultado de la evolución biológica, responde Francisco J. Ayala, en primer lugar, desde la perspectiva de los filósofos, que tienden a sostener que el comportamiento moral, la ética, es el resultado de la evolución cultural, entendida en sentido muy amplio. Contrapone inmediatamente la respuesta de la mayoría de los biólogos, que atribuirían dicha conducta al resultado de nuestra evolución biológica.

La originalidad de la reflexión del Prof. Ayala radica en que establece características distintas en la moralidad. Indica que los biólogos, al realizar su afirmación, se están refiriendo a la capacidad de hacer juicios morales, de establecer normas para juzgar las acciones (normas morales) porque descansan en condiciones que proceden de la herencia biológica: capacidad de anticipar consecuencias de las acciones propias, capacidad de hacer juicios de valor y el libre albedrío. Estos tres atributos provienen de la inteligencia avanzada, aquella que permite examinar posibilidades y elegir.

Por otro lado, por lo que respecta a los códigos morales, el Prof. Ayala sostiene que son producto de la evolución cultural. Para esta evolución propone los mismos requisitos y características que se dan en la evolución biológica, es decir, que exista variación, que exista herencia y que se dé la selección cultural. A argumentar la existencia de estas características en la evolución cultural dedica el pensador hispano-norteamericano el resto de la respuesta, apuntando en primer lugar que la variación se da entre individuos, entre grupos y por historia -de nuevo aparecen aquí conexiones con los mecanismos desvelados por Nowak al dar cuenta de la emergencia de la selección de cooperación-; en segundo lugar, que la herencia cultural se da por transmisión vertical: enseñanza, imitación y asimilación; transmisión horizontal (aquí me atrevo a recordar el concepto acuñado por nosotros de “clonación social”); y herencia lamarckiana (reconocimiento de la epigenética y de la heredabilidad de los caracteres adquiridos); por último, la selección cultural ocurre por transmisión diferencial con el papel que juegan en ello las creencias y las normas morales.

El conferenciante, Francisco J. Ayala responde a la tercera pregunta de si “puede el hombre controlar su propia evolución como especie” con rotundidad y de modo innovador, rompiendo moldes. En este sentido afirma que la revolución biológica, aunque es continua en los seres humanos como se demuestra con estudios genéticos, es sin embargo trivial en términos de control porque para avanzar en los cuidados de salud se pueden cambiar o corregir genes, pero eso no produce adaptación al ambiente. Lo que de hecho está marcando la adaptación es la revolución cultural: no es que los genes se modifiquen para adaptarse a nuevas circunstancias ambientales, sino que modificamos el ambiente con arreglo a lo que es conveniente para nuestros genes. Acompaña esta afirmación con ejemplos de la lentitud con la que opera la evolución biológica, como es el caso del albinismo, que depende de un gen con frecuencia del 1%; para que esta frecuencia fuera del 2% se necesitarían 100 generaciones, lo que equivale a 2500 años. La evolución cultural es más rápida, puede diseñarse y es acumulativa; por lo tanto es más eficiente para adaptarse al ambiente que la biológica.

Neuroética: el libre albedrío
El tema del libre albedrío, que ha sido evocado por el profesor Ayala como una de las condiciones necesarias para hacer juicios morales, ha sido soslayado en el discurso por el pensador al reconocer su complejidad en cuanto problema filosófico y reconociendo la necesidad de más tiempo y profundidad para su tratamiento. El tema tampoco se suscitó, salvo de pasada, en el debate posterior con los miembros del panel.

El tema sí se aborda con la llegada de la neuroética, una disciplina muy joven -se puede situar su origen a principios del siglo XXI- entre cuyas contribuciones relevantes se encuentra el libro de la filósofa sueca Kathinka Evers (“Neuroética. Cuando la materia despierta”, Katz Conocimiento, Buenos Aires, Madrid, 2010). Tras las estancias en instituciones británicas, francesas y en la Universidad de Tasmania, la Dra. Evers es en la actualidad investigadora principal en el Centro para la Investigación en Ética y Bioética de la Universidad de Upsala. El origen de su libro, según su propia declaración, se sitúa en una serie de conferencias pronunciadas en el Collège de France, donde estuvo como profesora durante el curso 2006-2007 por invitación del reputado neurocientífico francés, Jean Pierre Changeux.

El libro es un tratado complejo, de concepción e intención interdisciplinar y con la misión de completar los avances neurocientíficos que se están produciendo en los últimos años asociados con la neuroética, a la que se ha descrito como “continente inexplorado que se extiende entre las riberas de la ética y las neurociencias [...] una nueva era del discurso intelectual y social” en palabras de Adina Roskies, la editora de la revista Neuron, y recogida en el libro que estamos glosando. Consta de la Introducción y cuatro capítulos: el primero, “Cuando la materia se despierta. El espíritu abierto y sus enemigos”, aborda la llegada de la neuroética; las relaciones entre ciencia e ideología; la reacción de las llamadas “ciencias del espíritu”, que estudian los aspectos cognitivos y emocionales frente a su propio objeto de estudio -lo que K. Evers define como “psicofobia”-; y lo que la autora denomina como “ciencia psicófila”, en la que se eliminan las trampas de la psicofobia y se construye sobre fundamentos filosóficos y científicos sanos. La autora llama a esto materialismo ilustrado, siguiendo a Bachelard en química y a Changeux en las neurociencias, armazón sobre el que propone que edifique la neuroética.

El segundo capítulo “El cerebro responsable: el libre albedrío y la responsabilidad personal a la luz de las neurociencias” es en el que se enfrenta a lo que ha venido evocándose como problema básico y de gran complejidad. Al afrontar “los desafíos neurocientíficos en el libre albedrío y la responsabilidad personal”, se empieza por reconocer el carácter de axioma social, y se pregunta si es el resultado de procesos electroquímicos o si no es más que una ilusión; acepta que es una estructura neuronal fundamental, que nos es indispensable en nuestras concepciones y que recibe un soporte empírico desde la integración de la teoría de la evolución y de las neurociencias -con lo que de nuevo hay resonancia con lo planteado por Francisco J. Ayala.

Recorrer el camino de esta interpretación no es tarea sencilla, aunque la autora se ocupa con rigor y procurando combinar la perspectiva filosófica con el conocimiento científico para concluir que, en suma, “teniendo en cuenta cierto grado de madurez y salud, el cerebro humano volicional, tal como está incorporado en su contexto cultural, social e histórico, es un órgano responsable[…]” por lo tanto los “[...] seres humanos pueden actuar como agentes libres y responsables al mismo tiempo, que están causalmente determinados de manera contingente e influidos por procesos que no están totalmente fuera del alcance del control consciente; y asimismo, que es posible interpretar que las neurociencias, más que hacer pesar una nueva amenaza sobre nuestras ideas inalienables de libre albedrío y responsabilidad personal, vienen a aportar un apoyo empírico a esta teoría filosófica”.

El tercer capítulo, la “Base neural de la moralidad. La pertinencia normativa de las neurociencias “, ofrece, no obstante las naturales diferencias en el discurso y en el método, notables convergencias con la tesis presentadas por el biólogo evolutivo y filósofo, Francisco J. Ayala en las respuestas a las preguntas dos y tres enunciadas y comentadas anteriormente. En el libro de Evers, la autora señala, por ejemplo, que “la pertinencia de las neurociencias para las ciencias humanas y sociales […] tiene igualmente una pertinencia normativa, sobre todo para la construcción de normas morales”.

El cuarto capítulo “La responsabilidad naturalista. Hacia una filosofía de la neuroética” se centra en la neuroética aplicada y el análisis de los desafíos existenciales, sociales y políticos a los que el conocimiento neurocientífico puede dar origen, temática que, siendo importante, es menos relevante a los propósitos de este ensayo.

Conclusiones, preocupadas y críticas
No se pretende, sería desproporcionado y por lo tanto inútil, criticar la eficacia y el valor de la austeridad en el diseño y corrección de la política fiscal. Sí se trata, sin embargo, de ofrecer, desde una perspectiva distinta, basada en la biología evolutiva y en la introducción de la reflexión neuroética, una valoración crítica sobre los resultados de la aplicación de las políticas de austeridad como principio rector en las sociedades democráticas.

Los trabajos que hemos analizado presentan, por un lado, evidencias de que factores sociales como la cooperación y el altruismo han influido decisivamente en la evolución, mientras que, por otro lado, la combinación de la evolución biológica y la evolución cultural resultan en la configuración del comportamiento moral, en el que está comprendido el libre albedrío. La Dra. Evers, en su tratado de neuroética, ha encontrado una razón de ser para su ejercicio que combina elementos neurocientíficos con principios filosóficos.

A partir de estos análisis y de las convergencias resultantes se asienta la crítica a las políticas de austeridad que se están aplicando y a sus consecuencias en muchos países europeos, entre otros, el nuestro. Los efectos negativos sobre la cooperación y la cultura son evidentes, ya que en su detrimento se viene actuando presupuestaria e ideológicamente.

Pero es el libre albedrío uno de los factores más claramente perjudicados por estas políticas: vienen impuestas desde fuera sin ninguna legitimación democrática, hasta el extremo de que los gobiernos elegidos democráticamente confiesan la imposición y su impotencia para reaccionar ante ella. Se alteran, por lo tanto, los compromisos democráticos de los gobiernos y rompen el principio de actuación de los mismos; y además vienen inspiradas por el único valor del dinero y dirigidas por criterios financieros.

El Prof. Nowak invocaba la necesidad de fomentar la cooperación, sin entrar en el análisis sobre la situación actual de la humanidad, al menos para “preservar los recursos de la Tierra”. Con este texto se pretende atraer la atención crítica de los expertos que analizan y/o toman decisiones ante la aplicación de las políticas de austeridad que están favoreciendo un ambiente antievolutivo. No se me escapa que desde las esferas económicas se me argüirá acerca del carácter cíclico de las crisis y que con el tiempo se sale de ellas. Pero a este argumento respondo que lo que se está erosionando son los factores motrices de la evolución rápida, los culturales y sociales, no los genes que influyen en la evolución lenta. El Prof. Ayala sostiene que: “no es que se modifiquen los genes para adaptarse a los ambientes, sino que modificamos el ambiente para que sea conveniente a nuestros genes”. Así tiene lugar la evolución cultural.

Todo ello debe hacer pensar sobre los riesgos inimaginables que pueden resultar de la promoción de un entorno contraevolutivo. ¿Estamos avanzando hacia el fin de una civilización?


Nota final- Mientras este ensayo se estaba elaborando, ha aparecido un nuevo ejemplo de convergencia evolutiva intelectual. El periódico El País (3 de enero de 2013, pág.31) publicaba un artículo de opinión: “Austeridad: nueva acepción” de Alex Grijelmo. El autor sostiene que un primer daño de las crisis económicas lo sufren las palabras. El vocablo austeridad ha pasado de significar “renunciar a tener más” a “conformarse con menos de lo necesario”, transitando de expresar una elección a dar cuenta ahora de una obligación. Una convergencia, desde una aproximación totalmente diferente, con nuestra tesis de la violencia al libre albedrío.