Selección natural y su contextualización. Evolucionismo y las (inter) éticas

Introducción: A dónde nos dirigimos

La publicación del número de noviembre de 2014 de la revista Investigación y Ciencia, número monográfico sobre Evolución humana, ha sido una manifestación más de de la robustez científica y filosófica que ha alcanzado la teoría de la evolución. En el primer editorial de 2015 se ha ofrecido una glosa de la parte en la que se ha tratado la evolución de la saga humana en dicho número.

Otro dato que abunda en el sentido de reconocer la importancia de la biología evolutiva es la extensión la profundidad y la voluntad de mantener la calidad y la actualización del texto sobre la Teoría de la evolución que ofrece Wikipedia (consulta del 30 de diciembre de 2014).
 

Evolución y futuro (Investigación y ciencia, número de noviembre de 2014)

Un hecho sobresaliente de la primera publicación es que el último apartado de dicho número, y que dejé pendiente de análisis en el anterior editorial, se plantea el futuro de la evolución humana bajo el rótulo “A dónde nos dirigimos” (págs. 74-85). En las dos primeras páginas, las que envuelven al título, se recogen las opiniones acerca de tal futuro de expertos consultados. Es un compendio sintético de cuatro opiniones expuestas por cuatro expertos que transitan desde la ingeniería biomédica Ray Kurzweil, director de ingeniería en Google– hasta un paleoantropólogo Yohannes Haile-Selasie del Museo de Historia Natural de Cleveland, pasando por una experta en genética de poblaciones Sarah Tishkoff de la Universidad de Pensilvania y un biodemógrafo S. Jay Olshansky de la Universidad de Illinois en Chicago. Fueron consultados acerca de cómo creen que evolucionará el ser humano en el futuro. Ofrezco una síntesis personal de las interesantes respuestas que se ajustaría a los siguientes términos: “La evolución es incesante pero no habría que pensar en grandes diferencias en los próximos 10.000 años. Sin embargo, los avances en ingeniería biomédica y en ingeniería genética podrían ser factores que permitieran la corrección de los dos grandes problemas que afectan a la humanidad y sus efectos: la enfermedad y el envejecimiento”.

Este apartado consta de otros dos trabajos. El primero, “El primate interconectado” es una entrevista realizada por un redactor de Scientific American, Mark Fischetti, a una socióloga del Instituto de Tecnología de Massachusetts, Sherry Turkle. Esta socióloga ha entrevistado a un gran número de personas sobre la interacción entre seres humanos y los dispositivos electrónicos asociados a los procesos de comunicación, que están siempre encendidos, que permanecen siempre contigo. De estas entrevistas concluye que "a diferencia de otras innovaciones previas como la prensa escrita o la televisión“ con las que se pueden tomar decisiones acordes con una agenda propia “tales dispositivos amenazan con socavar alguna de las facultades humanas básicas que necesitamos para desarrollarnos”. Estas se contraponen con un cierto optimismo de la investigadora social norteamericana “acerca de la capacidad de los más jóvenes para resolver el problema”. Puedo también compartir parcialmente este optimismo pero añadiría, como matización personal, que esta convivencia positiva entre instrumentos electrónicos y jóvenes podría, y quizá debería, traducirse en cambios evolutivos y que estos pueden ser de una notable transcendencia.

El segundo artículo, que cierra el número monográfico y la reflexión sobre el futuro evolutivo, se titula: “El futuro de la evolución humana”, que firma John Hawks, antropólogo y especialista en el tema de la Universidad de Wisconsin en Madison. Desde el inicio de su texto, el autor esgrime como punto crítico el debate sobre la selección natural. Para encuadrar nuestro debate, trascribo las primeras líneas del artículo: “Muchas personas aducen que nuestra ventaja técnica (la capacidad para desafiar y controlar las fuerzas de la naturaleza) nos ha liberado de la selección natural y que la evolución humana ha cesado. Según este argumento, ya no existe "la supervivencia de los más aptos" porque "todos llegamos a viejos”.

Esta noción que Hawks estima desacertada con lo que coincido parece que no solo se admite entre el gran público, sino que investigadores como Steve Jones del University College de Londres, o el prestigioso comunicador científico Sir David Attenborough han declarado que “la evolución humana ha llegado a su fin”.
 
Hawks se dedica a falsar esta idea. Sostiene por el contrario que los últimos 30.000 años (un periodo de seis minutos si reducimos los siete millones de años a 24 horas) han sido testigos de una evolución acelerada. Este proceso ha sido posible gracias a cambios sociales que se han traducido en aumento de la población. Hawks propone que cuanto mayor es este aumento, más se incrementan las probabilidades de que surjan mutaciones ventajosas. Plantea asimismo que en el futuro, la evolución resultará de una combinación de la historia evolutiva con una mezcla de genes de creciente universalidad (mezcla cosmopolita según las palabras de Hawks).
 
Esta última parte que acabamos de sintetizar como cierre del número de Investigación y Ciencia sobre la saga humana, abre en mi opinión una nueva necesidad de indagar científicamente,  con orientación interdisciplinar y perspectiva holista, acerca de la evolución de la misma teoría de la evolución.
 
En lo que sigue trataré de aportar datos, argumentos, que prueben la transformación experimentada por el concepto de selección natural, uno de los conceptos más sugerentes e intuitivos propuestos por Darwin al establecer la teoría de la evolución, pero al mismo tiempo más difícil de ser asimilado por la dificultad que entrañaba y encierra  su comprobación empírica.
 
Tal tratamiento no va seguir el perfil narrativo clásico de los ensayos sino que presentará mayor semejanza con la presentación de un artículo científico de corte experimental.
 
 
Contextualización del concepto de la selección natural

Dimensiones históricas y antropológicas

Es evidente que fue Darwin quien planteó el concepto de selección natural, en un reto que complicó el feliz alumbramiento de su libro “El origen de las especies”, como la “supervivencia de los más aptos”.
 
Pero es sugerente pensar que este concepto debía estar ligado a la hoja de vida personal y profesional del naturalista. Para progresar en esta idea encontramos base cognitiva sobre los contextos sociales y antropológicos que rodean a Darwin y su teoría hasta llegar ahítos de información reflexiva, en la impresionante biografía de Charles Darwin que Adrian Desmond y James Moore, dos historiadores de reconocida trayectoria sobre los entresijos de la evolución, publicaron en 1991 (Michael Joseph, London). Esta biografía ofrece en sus 677 páginas de densa y valiosa historia con el rico complemento de 129 páginas de abreviaturas, notas, bibliografía y un índice temático, abundante alimento para el conocimiento reflexivo.  
 

Afronto el desafío, si bien anticipo, a tenor de su importancia, que el resultado será magro en la síntesis y digestión de este alimento. Inglaterra vivía un periodo de gran agitación, tanto social como política. La ciencia de la vida, la biología, estaba postrada, arruinada en un contexto que Desmond y Moore califican de “ciudadela creacionista”. En este contexto, Charles Darwin, un gentleman, bien educado, liberal (Whig) imperturbable, que contaba con una reputación como prometedor geólogo, y que había viajado en el aristocrático Beagle durante cinco años donde se había encontrado con exuberantes paraísos ambientales, se enfrentó al descubrimiento de que los animales eran precursores de la especie humana. Ello le llevaba como clérigo a una crisis de materialismo hasta concluir (según su cuaderno de notas) que la mente humana, la moralidad e incluso la creencia en Dios eran artefactos. Fue por lo tanto un personaje pleno de contradicciones, como individuo, como clérigo, incluso como científico, a pesar de su indudable grandeza; en suma era un integrante, un representante de la compleja sociedad victoriana. Las etapas finales de su vida iban a marcar cambios importantes (luego lo comentaremos en un ejemplo). Sin embargo, tomo una frase en el inglés original de la biografía de Darwin (página xx, A Devil´s Chaplain, segundo párrafo, línea tercera: “Social historians have consistenly failed to follow up, to re-locate Darwin in his age”) para recalcar que el contexto, las condiciones culturales en las que el conocimiento científico se produjo han sido profundamente ignoradas. Y eso lleva a todos los problemas y desencuentros que desde la biología evolutiva se pueden dar, se dan, con los científicos sociales en sus interpretaciones sobre el darwinismo social (o de la economía darwinista), todo ello sin negar las contradicciones en que se envolvió Darwin como bien han detectado sus biógrafos y analistas críticos.

 

Stephen Jay Gould y la controversia  sobre la  selección natural desde el evolucionismo ruso

Gould ha sido uno de los más importantes paleontólogos de los Estados Unidos y además alcanzó reconocimiento universal como gran divulgador científico (“science writer” en inglés). En mi biblioteca figuran dos ediciones del libro “Brontosaurus y la nalga del ministro“ considerado por Martin Gardner como el mejor de sus libros, una de Crítica, 1993 y otra del Círculo de Lectores, 1994, que leí en su tiempo pero no recordaba un capítulo, el 22º de la edición de Crítica, que como feliz recuerdo ha llegado a mis manos el 19 de diciembre gracias a un colaborador del CIEMAT, Juan Carlos Sanz. El capítulo titulado “Kropotkin no era ningún chiflado” sirve a Gould para ilustrar las denuncias de León Tolstoi contra Darwin incluidas en una carta, dictada a causa de su mal estado de salud el 1 de noviembre de 1909, que dirigió a un hijo y a una hija que no compartían las ideas del padre sobre la no violencia cristiana. La acusación del novelista ruso sostiene que “el darwinismo socava la moralidad al proclamar que el éxito de la naturaleza solo puede medirse mediante la victoria en sangrienta batalla” (por citar los lemas que Darwin mismo escogió: “la lucha por la existencia” o “la supervivencia de los más aptos”).

De nuevo me enfrento a un reto, extraer de la brillante e informativa prosa de Gould una síntesis que vaya en línea con los propósitos de este trabajo. El escritor norteamericano ofrece una magnífica disección sobre Kropotkin respecto a la biología evolutiva. Confiesa haberlo tenido por necio e idiosincrático, aunque… bien intencionado” hasta que leyó en la revista Isis una de las referencias en historia de la ciencia un artículo de Daniel Todes titulado “Darwin´s Malthusian metaphor and Russian evolutionary thought, 1859-1917. En una acción que le honra, Gould reconoce que ese artículo le revela que su posición crítica ante Kropotkin era consecuencia de su ignorancia del pensamiento evolucionista ruso y no, como él había atribuido, al aislamiento y despiste ingenuo de Kropotkin en Inglaterra. El artículo de Todes muestra que los escritos del anarquista ruso forman parte de un contexto general que “demanda nuestro respeto y produce una ilustración sustancial” Kropotkin era parte de una corriente, de una escuela rusa de críticos de Darwin que entre muchas razones surgían de las características de la naturaleza en Rusia, “un país que no tiene nada que ver por sus dimensiones y sus problemas con los trópicos, donde después de vivir su experiencia con la historia natural de esos territorios tanto Darwin como Alfred Rusel Wallace desarrollaron de modo independiente la teoría de la selección natural”.

En este debate acerca de la discordancia entre el comportamiento de la naturaleza y la esperanza de que se dé la “decencia social humana” ha residido el eje de la relación entre ética y evolución y donde, como Gould nos retrotrae, tiene sus orígenes el mismo Darwin. Nos encontramos ante una nueva e importante referencia a la importancia del contexto para que esa relación entre naturaleza y moralidad humana tenga posibilidad y sentido.  

 

Procesos clave en la teoría de la evolución. El debate científico

Es oportuno destacar que en el año 2014, sin conmemorar nada sobre evolución, esta teoría ha ocupado importantes facetas de la discusión científica y social. En este contexto, la revista Nature en número de 9 de octubre de 2014, vol. 514, págs. 161-164, ha publicado bajo la rúbrica COMMENT un debate sobre la cuestión: “Does evolutionary theory need a rethink?” (¿Es necesario volver a pensar sobre la teoría evolucionista?), que me ha llegado gracias a un amigo y colega, Carlos Álvarez Pereira de la Fundación Innaxis, con quien comparto la pertenencia al Capítulo Español del Club de Roma y al Foro de Empresas Innovadoras.

En el texto de Nature se contraponen dos posiciones. Por un lado, la de quienes liderados por Kevin Laland, profesor de biología comportamental y evolutiva en la universidad de Saint Andrews del Reino Unido sostienen que una reextensión, una ampliación, del marco evolutivo que se define como “teoría extendida” es urgente. Por otro, los que liderados por Gregory A. Wray, profesor de biología en la Universidad Duke en Durham, North Carolina, USA y Hopi Hoekstra, profesora de biología en la Universidad de Harvard, Cambridge, Masachussetts, USA, estiman que la teoría extendida no necesita de tal extensión ya que es “capaz de acomodar la evidencia por medio de una síntesis constante”.

Las dos partes inician su posicionamiento estableciendo un recuerdo a situaciones afrontadas por Darwin en el siglo XIX. Laland y colegas señalan que: “Darwin concibió la evolución por medio de la selección natural sin tener conocimiento de la existencia de los genes por ello critican la visión gene-céntrica de la teoría extendida. El grupo de Wray y Hoestra recuerda que: “En octubre de 1981, justo seis meses antes de morir, Charles Darwin publicó su último libro ”The Formation of Vegetable Mould Through the Action of Worms” (“La formación de suelo vegetal-mantillo- por la acción de los gusanos) que tuvo un gran éxito de ventas.

Darwin dedicó el libro a los humildes gusanos para ofrecer un ejemplo de que esos pequeños pobladores del suelo eran capaces de crecer en un ambiente que a su vez eran capaces de modificar por sus propias actividades. El fallo anterior en sus apreciaciones sociales que según los autores más próximos a Darwin se deben a su fidelidad a una corriente de pensamiento británica desde Hobbes a Malthus pasando por Adam Smith y a su admiración específica por Malthus se corregía así desde la ciencia gracias a su capacidad para captar detalles profundos sobre los procesos evolutivos, aproximándose a ello bajo una perspectiva interdisciplinar.

La tesis del grupo Laland paradójicamente estaría más en la línea del ejemplo que esgrimen los del grupo de Wray y Hoekstra, ya que proponen una extensión mayor, lo que llaman “Síntesis evolucionista extendida” (EES, del inglés” Extended Evolutionary Synthesis”) para dar cuenta de todos los avances que se acumulan desde perspectivas no tan centradas en los genes sino en las interacciones que desvelan por ejemplo la ecología, la epigenética… Los que sostienen la idea de mantener el marco de la síntesis evolutiva dentro de los límites actuales (Wray, Hoekstra y colaboradores) son defensores a ultranza de las previsiones y pensamientos de Darwin curiosamente son norteamericanos y para ellos la invocación al reconocimiento de los gusanos es la prueba de que vale más acumular uno de los perfiles más característicos de Darwin según sus biógrafos que revisitar y revolucionar.

En suma, el interesante texto preparado por la ocurrente visión editorial de Nature, en mi opinión no zanja el debate las verdades evolutivas de la ciencia sino que lo abre más, ya que muestra que la evolución es cada vez más importante porque no deja, y este es su Gran Éxito, de evolucionar ella misma. Para nuestro propósito, resta añadir que contemplar las dimensiones y dinámicas éticas dentro de la evolución puede sustentarse sobre las posiciones científicas que están en candelero. El último caso que voy a tratar apunta en esta dirección. 

El salto atrás ¿Existe moralidad en los animales?

Si los avances que se están produciendo en el terreno de la biología evolutiva, apoyan la integración de las éticas y más aun de sus conexiones e interrelaciones, las interéticas, como factor evolutivo, me encuentro ahora ante una magnífica oportunidad para dar un salto atrás, un ejercicio de retro-evolución, y con él reforzar tal tesis.

Esto ha sido posible gracias a la inteligente generosidad de uno de los últimos colaboradores incorporados al proyecto sobre “investigación en cultura científica” del Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (CIEMAT). Juan Carlos Sanz, ya citado antes, me regaló el 19 de diciembre de 2014 tras haber leído algunos de mis trabajos sobre interéticas y haberme escuchado en una breve intervención en la Escuela de Minas y Energía de la UPM el libro “Justicia salvaje. La vida moral de los animales” (Turner, 2010) de Marc Bekoff, profesor emérito de Ecología y Biología Evolutiva de Universidad de Colorado, y Jessica Pierce, profesora de Filosofía y licenciada en Estudios religiosos por la Universidad de Virginia y máster en teología por la Universidad Harvard.

Estoy leyendo con admiración y curiosidad entusiasta el libro. Una auténtica delicia tanto por su rigor científico como por la excelencia de su estilo y la calidad en la transmisión reflexiva de los conocimiento. Voy a seguir inmerso en su lectura con el fin de proseguir encontrando, además de la satisfacción intelectual, apoyos para los argumentos que se destilan en este texto.

Ahora, solo quiero trascribir algunas sentencias del prólogo (último párrafo de la página 14 y primero de la siguiente). Cito: “…lo que estamos diciendo es que los argumentos que defienden la continuidad evolutiva la idea de que las diferencias entre especies son más de grado que de clase están siendo respaldados por el descubrimiento de una amplia variedad de capacidades cognitivas y emocionales en las distintas especies. Creemos que no existe una brecha moral entre los seres humanos y los demás animales… en algunos casos, las diferencias de grado no son nada significativas y cada especie es capaz de tener su moral en toda regla. La biología bien entendida nos lleva a esa conclusión. La moralidad es una cualidad evolucionada y “ellos” (los otros animales) la poseen, como la poseemos nosotros”.
 

Estrambote

Utilizo a plena conciencia este término poético para “versificar metafóricamente” las sentencias que clausuran este texto.

- Me siento reconfortado con el recurso a la teoría de la evolución como marco teórico para desarrollar los programas sobre “filosofía de la política científica” y de “filosofía de la biología” sobre los que se asientan las estrategias sobre “investigación en cultura científica”, enseñanza en “ética, emprendimiento social y valores en ingeniería” y en la “difusión reflexiva sobre la biomedicina personalizada”.

- El término de “verdad evolutiva”, contrapuesto al de dogmas, acuñado por quien esto escribe hace unas dos décadas, se muestra útil para difundir hacia la sociedad el funcionamiento del “método científico” así como las peculariedades de la sociología de las ciencias.

- A lo largo de este periplo analítico, he incorporado el criterio de “convergencia evolutiva intelectual para dar cuenta del reconocimiento a la confluencia y, coincidencia en temas, ideas, conocimientos y pensamientos cuando no es factible acudir al tradicional método de reconocimiento intelectual de la citación bibliográfica: su vigencia tiene sentido como muestra este mismo trabajo, fruto claro de este proceso.

-La fortaleza (robustez) de la conexión entre evolucionismo y ética que estamos poniendo de manifiesto refuerza la idea de que las éticas deben interrelacionarse para su más eficiente y eficaz aplicación. Esto conduce, a modo de círculo virtuoso, a la asunción de que la noción de interéticas tiene sentido y puede ser útil, oportuna y probablemente necesaria para, entre otras cosas, entender la evolución.

El objetivo de estos trabajos es seguir reflexionando para proyectar las ideas y conclusiones que surjan en un ambicioso programa de innovación social con la esperanza de que se pongan en práctica, antes de que su desconocimiento, o su olvido, traiga consecuencias contraevolucionistas.