Reflexiones sistémicas sobre el entorno empresarial español en biotecnología de la salud

César Ullastres. Profesional independiente.

Las empresas biotecnológicas dedicadas a la salud humana son uno de los componentes más representativos del llamado Sistema Español de Ciencia, Tecnología e Innovación. Cambiar la dirección de la mirada y enfocarla  en las relaciones que se producen entre los distintos autores que lo componen puede abrir caminos más fáciles de transitar. Me propongo identificar los mecanismos de relación entre las empresas y el resto de las partes del sistema, sobre la base de los ámbitos que comparten y que hacen posibles líneas maestras de acción.

Los sistemas, tanto los naturales como los artificiales, están formados por elementos interconectados entre sí para realizar funciones propias de tales sistemas mediante procesos de diversas clases: transferencia, flujo, crecimiento, evolución. En el Sistema español de Ciencia, Tecnología e Innovación subyace el modelo de la “oferta” de conocimientos, superponiendo capas entre los trabajadores de la ciencia, las empresas y los agentes inversores. De hecho, en el marco de un bullicioso debate de conversaciones y relaciones cruzadas, hoy contamos con una verdadera inflación de organizaciones e infraestructuras generadas al albur de decisiones bienintencionadas en el marco del análisis de un entorno que contemplaba de todo, menos el que hubiera algún cambio.

Hoy muchas de ellas están infrautilizadas y deambulan sin rumbo en el mal llamado ecosistema  o sistema de innovación, alrededor de un discurso que, por un lado, genera un profundo desánimo entre las personas que hacen ciencia y, por el otro, sitúa el núcleo de los problemas en que todo se resolvería si aumentara, especialmente, la inversión privada. Un discurso que, adoleciendo del rigor analítico que supondría la aplicación del método científico, no va más allá de las comparaciones con otros países que poco o nada tienen que ver con nuestra realidad socioeconómica.

En los elementos nucleares que componen el entramado donde se desarrollan las tecnologías enfocadas a la salud humana que conforman el Sector Biotecnológico, de salida, se observa que la relación entre la investigación y la empresa es persistente y las dos obtienen beneficios de ella. Esa relación mutualista es el producto de su propia historia. La mayoría de los empresarios de biotecnología empezaron su profesión en los laboratorios y también son trabajadores de la ciencia. En general, la misión de sus empresas no es otra que aplicar los avances del conocimiento mediante tecnologías que permitan generar productos y servicios que resuelvan más eficientemente las necesidades de salud de la sociedad. De forma que  podríamos entender que el núcleo del entorno específico de las empresas debería de ser simbiótico.

Si éste fuera el contexto, todo sería muy fácil. Por un lado están los investigadores, trabajadores de la ciencia que lo hacen en la frontera del conocimiento, el único sitio donde está el saber. Ahí muchas veces hay que improvisar, no se tiene ni idea de lo que va a pasar después y la mayoría de las veces se harán las cosas en la medida en que se vaya avanzando. Su misión es hacer avanzar el conocimiento para entender, mejorar o crear técnicas en beneficio de la sociedad.  Por el otro las empresas, el instrumento económico por excelencia que sirve para demostrar si las ideas funcionan o no, acotando los riesgos que asumen en forma de proyectos de puesta en valor de técnicas mediante las tecnologías que fabrican, definidos por plazos, medios y resultados a conseguir. En las empresas hay que improvisar lo justo.

Por lo menos nos faltan otros tres elementos esenciales. La Administración que, a su vez, tiene tres importantes funciones: establece la regulación de los aspectos técnicos y de seguridad que tienen que tener los productos y procesos, además de sufragar económicamente la producción de conocimiento por muchas razones y, especialmente por dos fundamentales, porque no es posible para un país crecer sobre la base del conocimiento que generan otros y porque la innovación, la puesta en valor de la tecnología, genera riqueza, ¡genera IVA!, que luego se puede volver a invertir.

Las Universidades, los Centros Públicos de Investigación y una pléyade de  Centros Tecnológicos son instituciones en las que la producción de conocimiento es su seña de identidad por antonomasia y que ahora están sometidas a un proceso de convergencia que responde a criterios económicos y de competitividad. Se trata  de organizaciones distintas, cada una con su propia jerarquía, con un alto grado de independencia y, en general, con culturas diversas y, a veces, disjuntas. Un  subsistema complejo en el que cada uno debería tener su papel claramente definido.

También están los inversores, empresas financieras que invierten participando en los modelos de negocio de las empresas con el fin de sacar rentabilidad a sus inversiones. Una función importante,  porque sin ella difícilmente las empresas podrían asumir los costes de puesta en el mercado y crecimiento.

Por último, no hay que olvidar al agente más genuino, la sociedad, todos nosotros, que aceptamos o no el nuevo producto o proceso que se ha generado, sustituyendo a otros productos porque el nuevo es mejor o incorporando el nuevo producto a lo que estamos haciendo porque con él somos más eficientes y productivos. No existe innovación si no hay aceptación social. ¡La innovación no existe si al final no se vende, si al final el mercado no la acepta!

La Complejidad está servida y para abordarla no nos queda otra que profundizar en las relaciones y en las interconexiones  que se dan entre los distintos agentes.

El paradigma que se originó en la Europa del Renacimiento y que se sigue utilizando en escuelas de negocio más señaladas  es el “reduccionista”, o “mecanicista”.  Se trata de creer que cualquier sistema puede comprenderse más fácilmente si se descompone hasta llegar a sus partes más básicas, a los elementos que lo componen. A la vez, que es posible recomponerlo interconectando las múltiples relaciones sencillas, fijas y rígidas entre sus elementos. Pensar que las interrelaciones son simples y lineales, que una causa genera siempre un efecto, que no hay lugar a lo contradictorio, lo dicotómico, lo ambiguo o lo ubicuo, es una metodología que, ciertamente, aquí, tampoco vale.

Los paradigmas vigentes conducen a secuencias decisionales clásicas, como, por ejemplo, a elaborar primero los objetivos estratégicos, y después a acoplar y organizar los recursos humanos y tecnológicos a los que se tiene acceso y alinearlos en la consecución de esos objetivos. Éste es el tipo de pensamiento que se enseña aún en muchas escuelas de negocios y en la universidad en todas sus ramas, incluyendo a las técnicas. En un mundo de economía global, acelerada  y predominantemente tecnológica, estos paradigmas no funcionan bien.

Fernando Sáez Vacas en 1990 alumbró el modelo OITP) para analizar la complejidad que supone la relación entre Tecnología y Personas sobre la base de un trinomio: Organización, Individuos y Tecnología. Explicita tres factores fundamentales en el juego de la tecnología, a los que sitúa simbólicamente en un mismo plano, que es un terreno de relaciones (de conocimiento, de trabajo, de operación, de poder, etc.) generado por la tecnología: la propia tecnología (es importante explicar que este factor comprende, además de a los objetos tecnológicos, a los métodos y técnicas, y a los especialistas de la tecnología concreta), la organización (la estructura orgánica y funcional, los esquemas de decisión y de poder, los procedimientos, la cultura empresarial, los directivos) y los individuos (básicamente, el personal de la empresa no incluido en los colectivos anteriores). Interpretado en negativo, viene a postular que toda solución, metodología, teoría o enfoque, relativos al juego de la tecnología, que no abarque cambios en todas o en las principales relaciones entre los tres factores, es inadecuada. Estos cambios también afectan, llegado el caso, a las propias piezas componentes de cada “vértice”, que pueden ser sustituidas.

Figura 1 Ullastres

La idea es que la auténtica innovación tecnológica es posible, siempre y cuando se consiga mover (cambiar) los tres vértices hasta su convergencia o alineamiento, y éste es un problema estratégico de diseño y gestión de la complejidad sociotécnica. En el momento teórico en que se funden estos tres puntos se alcanza un estado "biológico" nuevo en el que la tecnología revela y entrega todo su potencial amplificador, se integra en la cultura y en los procesos de la sociedad.

Sus actores se agrupan en tres vértices. El O que se corresponde a la organización, las instituciones de todo tipo que influyen y ejercen el poder (la estructura orgánica y funcional, los esquemas de decisión y de poder, los procedimientos, la cultura organizacional), el T, la tecnología que cada vez más se extiende de un modo imparable en la práctica clínica y que representa los objetos tecnológicos, los métodos y técnicas, y a los especialistas de la tecnología concreta, son los que tienen el conocimiento y usan la tecnología con un propósito concreto y, por último el tercer vértice, el vértice I, que representa a los individuos que no están incluidos en los vértices anteriores.

La figura geométrica del triángulo visualiza el hecho natural de la existencia de un distanciamiento, en términos sociales, entre los factores del trinomio. A simple vista, se aprecia que cualquier programa que procure el acercamiento de los vértices al fin que se requiere es multidisciplinar, y por ello mismo bien complicado: pura ingeniería de intangibles.

Tal es la intención del eje P, de "procesos" en el mismo gráfico: poner de manifiesto la idea de que tanto la selección de la tecnología como las medidas encaminadas al acercamiento de los vértices deben orientarse en la forma más pertinente a la potenciación instrumental de los individuos y de la organización “en” y “para” los procesos diagnósticos y terapéuticos que es el fin último de la investigación en el ámbito de la salud.

Como apuntaba al principio analizar el entorno de las empresas biotecnológicas dedicadas a la salud humana pasa por conocer su papel en el entramado que compone el sistema en el que están insertas y hacerlo sobre la base del intercambio de bienes y servicios entre cada uno de sus actores no funciona; veamos qué ocurre si lo hacemos con la mirada que nos propone el modelo de Fernando Sáez Vacas.

En España, en los últimos años, hemos asistido a un continuo aumento del número de proyectos empresariales en el sector biotecnológico, favorecido por la difusión del emprendimiento como opción profesional, o porque muchas veces no queda otra, y por la mejora de los mecanismos de transferencia de tecnología. Proyectos que, en general, son de tamaño y alcance muy reducido, que en muchos casos comparten necesidades tecnológicas, financieras y de mejora de cartera de productos.

Esta atomización del sector ha coincidido con la situación de crisis económica en la que vivimos, en la que, sin disminuir la tasa de impulso y aparición de nuevos bioemprendedores, la tasa de mortalidad de las empresas ha aumentado. Además, la disponibilidad de capital, aunque haya aumentado el capital especializado, se ha reducido y los inversores formales e informales han aumentado sus exigencias de rentabilidad, han bajado el riesgo que están dispuestos a asumir y buscan proyectos de alto y cada vez más rápido crecimiento.

En los últimos diez años el número de empresas dedicadas al desarrollo de productos y/o servicios  biotecnológicos ha crecido el 359%, hasta el 2011, la facturación se ha incrementado el 600% a una tasa anual del 23% y el número de empleados ha experimentado una subida cercana al 1.500% a una tasa anual del 37%. Sin embargo, desde hace ya cuatro años año se están  notando, con toda su crudeza, los efectos de la crisis.

En el sector biotecnológico hay del orden de 158 empresas dedicadas a salud humana, de las que solo 93, en el año 2012, tenían al corriente sus estados financieros en el Registro Mercantil . En su mayoría son empresas nacidas como spin offs de Universidades y Organismos Públicos de Investigación (OPI´s). Se trata de un sector muy dinámico, equiparable al de otros países de nuestro entorno aunque con un tamaño medio empresarial mucho menor. Este dato dificulta la generación de economías de escala y la visibilidad internacional para el inversor internacional.

Los profesores ingleses Paul Nightingale y Paul Martin escribieron un  artículo muy citado “El mito de la revolución tecnológica” (2004) en el que demuestran que se ha producido un boom de estudios y publicaciones en el sector de la biotecnología, seguido de gran número de patentes que no han desembocado en impactos económicos significativos porque se siguió el modelo de investigación y de negocio de la industria farmacéutica, que es lento, caro y seguro, añadiría yo. Datos más actuales (Pissano, 2009), sugieren que el patrón identificado por Nightingale y Martin no ha variado.

Un informe de la consultora Price Waterhouse Coopers de 2009: “Reinventar la Biotecnología” corrobora lo que Nightingale y Martin ya identificaron en su día. Las empresas de biotecnología no han logrado reducir el riesgo inherente de descubrir y desarrollar medicinas. El tiempo promedio de desarrollo para el tipo de moléculas preferidas por las empresas de biotecnología, es decir, proteínas recombinantes y anticuerpos monoclonales, es ligeramente mayor que para las moléculas pequeñas (97,7 meses frente a 90,3 meses). Los costos de desarrollo promedio son muy similares (12.400 millones de US$ en vez de 13.200 millones de US$). Y la tasa de éxito promedio es solo 9,1% comparada con 6,7% para una molécula pequeña. A la vista de estos datos, las compañías de biotecnología no desarrollan nuevas medicinas ni más económica ni más rápidamente que las compañías farmacéuticas. Aparentemente,  Su ventaja competitiva no radica ahí… entonces… ¿qué es lo que aportán?,  ¿cuáles han sido los verdaderos logros de la biotecnología?

Según el citado informe de PWC gracias a la biotecnología se han producido tecnologías de plataforma (herramientas genómicas, metagenómicas, proteómicas y moleculares con capacidad de aportar ventajas competitivas en varios ámbitos) y tratamientos valiosos. Por ejemplo, la manipulación del ARN ha permitido el análisis de la actividad genética para identificar nuevos núcleos de enfermedades. Más de 100 drogas recombinantes distintas basadas en proteínas y por lo menos 40 pruebas diagnósticas han sido desarrolladas, y algunas de estas terapias han resultado ser muy efectivas para el tratamiento de enfermedades complejas. Cinco de las 10 medicinas de mayor venta mundial se han originado en empresas de biotecnología.

También ha habido cambios radicales en el modelo de negocio asociado al desarrollo de fármacos. En las empresas de biotecnología  éste modelo se basa en invertir recursos, que comúnmente se buscan en compañías de capital riesgo, en una idea innovadora de una empresa, generalmente formada a partir de un  grupo de investigadores. De esta forma se asume “a priori” que los inversionistas pueden obtener valor por dos vías: vendiendo  productos en los sistemas de sanidad públicos o vendiendo la propia empresa  a compañías farmacéuticas establecidas.

En algunos casos, para generar un mínimo de fondos que les permita seguir la actividad mientras se encuentra la inversión, muchas “biotec”  diversifican ampliamente sus actividades (prestación de servicios a terceros, desarrollo de tecnologías de diagnóstico etc). Este comportamiento, según algunos autores,  conlleva un altísimo riesgo de fracaso. Según el trabajo de los profesores Iain Cockburn y Josh Lerner de las universidades de Boston y Harvard, respectivamente, en su presentación The Cost of Capital for Early Stage Biotechnology Companies (2009), de 1.606 inversiones de biotecnología realizadas entre 1986 y 2008, 704 inversiones generaron pérdidas totales o parciales mientras que solo 16 cubrieron sus costos.

Sin embargo, los fracasos son importantes para la economía ya que los costes de oportunidad de no intentar hacer cosas nuevas pueden detener su crecimiento y, en este sentido, las empresas no son más que el instrumento económico, posiblemente el más eficiente, que sirve para demostrar si las ideas funcionan o no.

Todas las predicciones apuntan a que cada vez habrá menos medicamentos de gran venta, a medida que la genómica y otras tecnologías hagan posible diseñar con mayor precisión los medicamentos más adecuados para cada segmento específico de pacientes, de manera que, un fármaco que hoy tiene un mercado de 5000 Millones de US$ se fragmente en varios mercados de 500 Millones de US$.

Estamos moviéndonos en una sociedad en transición en la que se están dejando atrás modelos de negocios estables y conocidos y alumbrando nuevas formas de acercarse a los clientes, cada vez más informados. La que sí parece clara es  la oportunidad para las empresas de biotecnología pero hay que diseñar nuevos mapas porque,  navegamos hacía mundos desconocidos donde las cosas se harán de otra manera y, a territorios desconocidos, no podemos ir con los mapas de siempre.

El gasto en I+D del Estado y el de las empresas tiende a estar correlacionado (A. Hughes y A. Mina, 2013). El primero abre al camino al segundo. Sería deseable para promover una relación entre los dos simbiótica y no parasitaria. Tener legisladores con capacidad para emprender que no solo acepten financiar sectores en los que hubiera conocimientos diferenciales, si no que inviertan inteligentemente en ellos buscando retornos y así puedan exigir que las empresas de esos sectores aumenten su propia inversión como muestra de su compromiso con la innovación. En los sistemas más potentes en innovación coincide que son fuertes en ciencia básica y en creación de empresas.

Si aplicamos el modelo OITP a las empresas biotecnológicas que operan en salud humana podemos visualizar todos los elementos que interactúan alrededor de su actividad intentando agruparles sobre la base de sus intereses comunes. La Administración, las Universidades, los OPI´s y los Centros Tecnológicos, además de los inversores, buscan retornos.

También podemos observar pautas comunes entre los investigadores y las empresas, los dos quieren cambiar el mundo.

La ciencia valora la transparencia y el conocimiento compartido; el negocio requiere confidencialidad, la ciencia exige validez; el negocio utilidad, la ciencia persigue contribuir al saber en términos de prestigio y posición dentro de la comunidad académica; el negocio lo hace atendiendo a la rendimiento económico y, como hemos visto es en ese entramado de relaciones necesarias, en el que conviven dos perspectivas igualmente racionales pero contradictorias, donde, la mayoría de las veces, se producen las innovaciones con mayor calado.   

Definir la innovación no es fácil y hacerlo siempre la limita. La manera de abordar el concepto es conocer de dónde viene y como funciona. La innovación no es un término técnico, sino económico y social. Su criterio no es la ciencia o la tecnología, sino un cambio en el ámbito económico y social, un cambio en la conducta de las personas como consumidores o productores, como ciudadanos.

La humanidad /sociedad, tiene pocas necesidades nuevas, lo que tiene son nuevas formas o medios para satisfacer dichas necesidades. Lo que aporta la tecnología son nuevos medios de satisfacer las necesidades existentes. Somos ávidos consumidores de nuevas formas de satisfacer las necesidades que tenemos y más cuando se trata de una necesidad donde nuestras demandas tienden a infinito como es el tema de la salud.  En consecuencia, el proceso más genuino donde convergen es en la innovación.

Por otra parte, es imposible entender la historia y la evolución del negocio de la biotecnología sin tener en cuenta el papel desempeñado por las grandes compañías farmacéuticas tanto como participantes directos en la I+D como mediante sus numerosas alianzas con las jóvenes empresas biotecnológicas. Las estrategias tecnológicas de las compañías farmacéuticas también han evolucionado a medida que el conocimiento cambiaba.

Las empresas de biotecnología están súper especializadas, la mayoría se han creado para explotar un descubrimiento científico o un conjunto muy concreto de investigaciones iniciadas en la universidad. Por el contrario, las empresas farmacéuticas poseen todas las piezas necesarias para compartir su información y gestionar la toma de decisiones y la resolución de problemas. La integración entre las biotecnológicas y las farmacéuticas depende, en gran medida, del mercado del conocimiento.

En última instancia, la misión de las empresas farmacéuticas no es otra que el hacer productos innovadores que curen enfermedades que, hasta el momento, son difíciles de tratar. Es uno de los sectores que más invierte en investigación aunque ya no se hace como hace 30 años en sus propios laboratorios, ahora su trabajo más importante es buscar por el mundo, como los ojeadores en busca de  lo más interesante que se está haciendo,  para adquirirlo o ver la manera de llegar a acuerdos. Están migrando hacia un nuevo modelo colaborativo, externalizando esa función y asociándose con empresas biotecnológicas, universidades, hospitales y fundaciones, una estrategia que busca soluciones para combatir la enfermedad.

 

José Antonio Marina  en su libro seminal “Teoría de la Inteligencia Creadora” (1993) afirma, cargado de argumentos, que la realidad adquiere nuevas posibilidades al integrarse en un proyecto inteligente. Ese debería de ser el proceso en el que todos los intereses  se sintieran identificados.

Una realidad en la que sabemos que, de momento, no hay todavía suficiente conocimiento para la medicina personalizada, hay que generar más conocimiento, tenemos piezas sueltas del puzzle, pero no sabemos cuál es la combinación idónea de esas piezas. Las soluciones pasan por conocer las implicaciones sistémicas de la interacción de los medicamentos, identificar y caracterizar aquellas mutaciones o proteínas que diferencian la célula o el tejido enfermo del sano. Un ámbito en el que innovar se convierte en algo necesario, para lo que se requiere el concurso de investigadores y empresas y capacidades para generar proyectos viables.

La tan manida frase: “como no podía ser de otra manera” es de una simplicidad palmaria, aunque muy del gusto del pensamiento cortoplacista y empecinado. Los momentos en que estamos viviendo en todos los ámbitos, así lo demuestran. El crecimiento exponencial es un rasgo de todo proceso evolutivo, y de entre ellos, la tecnología es su principal ejemplo. Estamos asistiendo al solapamiento de tres revoluciones solapadas: la Genética, la Nanotecnológica y la de la Robótica en las que subyace recurrentemente la información que es donde convergen, interactuando entre sí significativamente y creando así nuevas posibilidades.

César Ullastres

Profesional Independiente

 

Bibliografía

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Sáez Vacas, F. (2009)  “Complejidad y Tecnologías de la Información”. FUNDETEL

Ullastres, C y Rendo, D (2013). “Investigación Traslacional: Aprendiendo a escuchar”. Fundación Gaspar Casal – ABBVIE 

 

Cesar Ullastres

https://es.linkedin.com/in/cullas

Economista, MBA por el Instituto de Empresa y PDD por el IESE. Especialista en el Sistema de I+D+I y en programas referidos al diseño y puesta en marcha de Creación de Empresas de Base Tecnológica, al desarrollo de la Sociedad de la Información y de la Biotecnología. Es profesor de estrategia empresarial en diferentes universidades y escuelas de negocio, a la vez que consultor en temas de política de empresa, innovación y gestión de la I+D+i.

Ha publicado artículos y libros en los ámbitos de la política científica, sistema de I+D+i, la tecnología educativa y la biotecnología. Ha sido directivo durante los últimos treinta años en instituciones públicas y compañías privadas en los sectores de Transformados Metálicos, Maquinaria de Soldadura, Tecnologías de la Información, Biotecnología, Formación y Consultoría.